
Por: José de la Roca
Todos los días tomamos decisiones y tarde o temprano, padecemos las consecuencias o gozamos las enhorabuenas. Claro está, que si queremos que lo que venga sea bueno, echaremos mano de nuestro músculo más flojo -a veces-: el cerebro y nos informaremos bien, leeremos las letras chiquitas y sin miedo a una embolia, finalmente, pensaremos.
Todos los días tomamos decisiones y tarde o temprano, padecemos las consecuencias o gozamos las enhorabuenas. Claro está, que si queremos que lo que venga sea bueno, echaremos mano de nuestro músculo más flojo -a veces-: el cerebro y nos informaremos bien, leeremos las letras chiquitas y sin miedo a una embolia, finalmente, pensaremos.
Contrario sensu, desajústese los pantalones y adquiera un pertrecho de laxantes -por un lustro o más-, ya que seguiremos bebiendo agua de desagüe -como hogaño- en vez de agua potable, servido en el vaso de nuestra casera vida o en la turbia ánfora electoral (Sí, allí donde el País bebe las grandes decisiones y la arregla o la defeca).
Y es que; fuera de lo escatológico de nuestra situación, este verano nos pesa el habernos decidido creer que éramos la región más próspera de todo el hemisferio austral. Fruto de esa pantomima, entre el 2009 y 2011 es que crecimos en un desorden acromegálico, agitados espasmódicamente por un crecimiento infraestructural (solo en el ámbito comercial), dejando de lado la modernización de nuestras escuelas e institutos o la siquiera ocurrencia de proyectar centros culturales. Y claro del reforzamiento de nuestro sistema de agua, mejor ni hablemos. Es decir etcéteras tras etcéteras.
Por ejemplo, en Ica, solo existen 2 bibliotecas públicas para más de 300 mil habitantes. En el caso de nuestros distritos solo 5 de los 13, cuentan con bibliotecas. Y casas editoriales no existen.
Es decir, que fuimos la región más exportadora con el 22% de los envíos a China y que bajamos el desempleo al 4% para crecer con más de 15 imprescindibles discotecas -solo en la ciudad- y una infinitud de importantes centros comerciales.
¿A eso se resume nuestro crecimiento económico? O sea, que en la bonanza aprendimos a bailar, libar y comprar pero leímos casi nada del 55.6% de subempleo que nos corroe y no escribimos ni un ¡ay! del 50 % de los que laburan y no tienen seguro social. Esa es nuestra acromegalia. Crecimos donde no debimos y desaparecimos en donde debimos crecer.
La sequía de agua es más desastrosa, sin duda, que la sequía del conocimiento de nuestra realidad, ya que con la primera morimos a los pocos días pero con la segunda nos espera una larga y penosa agonía y es que, a veces, es preferible quemarse que ir apagándose de a pocos.
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