Camino por las calles de Trujillo y ya en la plaza de armas
un descuidista me tasa, observando mi maleta olvidada en el suelo, mientras tomo
una foto a una familia de turistas. Bueno, si la urbe es hostil y el campo aún
lejano ¿dónde ir? Tal vez un parque de Lima. Entonces el frescor vespertino
anuncia mayestáticos árboles entre tanto cemento improvisado. Pero peor, salgo
trasquilado por un par de sujetos con el caramelo más caro de la historia a tres
soles. Entonces migraré a unos campos elíseos privados, donde lo verde sea regado
con surtidores automáticos y todos me traten con gran y auténtica amabilidad:
un hotel de Paracas. Pero termino yaciendo en sala de emergencias ¿la causa? un
soponcio producto de una canalla boleta ticket por una copa de agua de dieciséis
soles. Todo parece perdido pero ¡eureka! Ya sé, hogar dulce hogar y a la hora
de la cena (eso de que el susto quita el hambre no es verdad) quiero escoger un
restaurant en Ica. Googleo y me doy con la noticia que en solo una semana dos
restaurants han sido asaltados junto a sus comensales. Finalmente me doy cuenta
que no puedo salir. Hogar, dulce, hogar. Lego todo el mundo a los facinerosos y
me quedo con mi casa, mi hogar, mi isla de Elba. ¡Allá ellos! Aunque ahora
recuerdo que hace poco hubo dos balaceras frente a la casa de una amiga en
Fonavi San Martín y la policía no hizo nada. Así que mejor morir en mi ley. Sí,
mejor salgo. Pero va a jugar Perú. Pido comida por teléfono.

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